jueves, 8 de diciembre de 2016

UNA MARAVILLOSA HISTORIA DE AMOR



Hay historias en las que uno no sabría muy bien concretar el principio, pero sí los primeros barruntos que comenzó a sentir cuando algo importante empezaba a darle más consistencia a su existencia.

Solo tenía catorce años cuando entré por primera vez en la capilla del hospital de Elda. Mi abuelo estaba enfermo y habíamos ido a visitarlo toda la familia. Antes de pasar a tomar algo en la cantina, me detuve ante la puerta para leer los carteles que invitaban a entrar y orar. Por aquel entonces aún no sabía qué cosa era oración, aunque me brotaba de forma espontánea y natural el hablar con el Señor tratándole como a un Padre que me ayudaba en momentos difíciles y que no sabía cómo afrontar.

Le pedí permiso a mis padres para entrar y así pedir por mi abuelo. Ellos me esperaron pidiendo algo de cenar, pues ya era tarde. Entré, me conmocionó el silencio y la quietud que allí se respiraba. Traté al Señor de forma sencilla, como puede hacer un adolescente que aún no sabe expresarse con grandes palabras. Aunque para hablar con el Señor no hacen falta. Pero allí estaba, delante de Él. Había una estampa encima de una de las mesitas que había en la entrada que invitaba a pedir por el proceso de canonización de algún Siervo de Dios. Y, al final, como suele escribirse, se invitaba a pedir la gracia que se desea alanzar. No sé porqué, pero pedí el poder servir al Señor toda mi vida. Y así, a mi entender, comenzó para mi la aventura más apasionante que un ser humano puede experimentar.

No fue nada extraño, tan solo fue un gesto de acercamiento a un Misterio que está más allá de nosotros mismos. Pues, aún deberían de venir más momentos que consolidarían la certeza de estar llamado a una misión que sólo Él sabía. Para nada tenía claro que fuese en el sacerdocio donde le debía de servir. Es, sencillamente, un fuego que comienza a encenderse dentro de ti sin saber cómo.

Poco tiempo después, al acabar un campeonato provincial de Judo en el que había quedado entre los tres mejores, el médico que me atendía desde pequeño, detectó en mi columna una escoliosis grave que debía de ser operada lo antes posible. Así que dejé este deporte y comencé un tratamiento que me llevó algunos años.

Tuve que llevar corsé durante unos dos años. Pero mi vida siempre estaba marcada por la felicidad de aquellos años. Me operaron en la Fe de Valencia y estuve varios meses de convalecencia. Allí fue, leyendo al Hermano Rafael, donde vi con claridad que el Señor me llamaba a consagrarme a Él. Se lo expuse a mis padres que, al verme tan enfermo, les parecía una locura. Y era cierto, pues, por aquel entonces, quería ser misionero. Ellos y yo sabíamos que, por ese momento, mi salud no me lo permitiría.

Como siempre he sido muy inquieto, me acerqué a la parroquia. Ya estaba metido en los grupos de jóvenes que había y que tanta vida daban a nuestra comunidad. Si no recuerdo mal, siete jóvenes fuimos llamados a consagrarnos a Dios. Y, como todas las tardes, sentado en el confesionario, estaba Don Pedro Ildefonso. Le conté aquello que sentía dentro de mi. Me trató con la gran sonrisa que siempre le ha caracterizado. Y todavía recuerdo un día en el que cogiendo su sotana me dijo: “Para llevar esto, tendrás que luchar con todas tus fuerzas”.

Pero Don Pedro se marchó y su recuerdo siempre quedó con nosotros. Aún así, la llamada de Dios nunca se pierde, sigue resonando en la historia personal de cada uno de nosotros.

Llegó Don Vicente Alonso, otro gran sacerdote que marcaría mi vida. Él me llevó al seminario para conocerlo y participar de las actividades vocacionales que allí se organizaban. En ese tiempo se hacían una serie de exámenes para ver nuestra formación. Solicité entrar con una carta que se escribía al rector.

Una tarde, nuestro vicario me dijo que había sido admitido. Se lo comuniqué a mis padres que seguían sin verlo, pero no pusieron oposición pues siempre han querido lo mejor para mi. Así que, el 28 de septiembre de 1995 entré en el seminario. Un total de ocho años marcaron aquella formación inicial.

Sería imposible contar tantas aventuras y ver por dónde me ha llevado la mano del Señor a los largo de mi vida: Orihuela, Alicante, Crevillente, Roma, Londres y Sant Joan d´Alacant. Se abrió para mi una experiencia maravillosa de un Iglesia universal que peregrina en todo el mundo. He conocido personas maravillosas que me han transmitido el gozo de creer en Dios. Entre ellas, recuerdo a Rebeca Rocamora, joven de nuestra diócesis en proceso de beatificación; montones de jóvenes que eligieron a Cristo; enfermos que he podido acompañar hasta el final del camino; niños que he bautizado dándoles el gozo de ser hijos de Dios; pobres atendidos que encontraban consuelo en nuestra parroquia; matrimonios que han luchado por amarse para siempre; los compañeros de todo el mundo que conocí en Roma y que ahora están llevando el Evangelio en tierras lejanas para nosotros; mi profesor más querido de la Gregoriana que murió asesinado por odio a la fe; la comunidad católica de Hatfiel (Inglaterra) donde vivían una fe muy auténtica; los feligreses de Crevillent y Sant Joan que tanto testimonio me han dado. Desglosar cada historia supondría un libro entero.

En el fondo, toda historia vocacional es una maravillosa historia de amor. Y, para experimentarla, solo hace falta decir “sí” cada día. ¿Te atreves?


Roque Carlos Jiménez Jiménez

sábado, 19 de noviembre de 2016

LA VOCACIÓN EN EL AUTOBÚS



He querido iniciar este blog porque soy consciente de que el Señor sigue llamando, o mejor, ha dejado la semilla de la vocación sacerdotal en el interior de muchos jóvenes pero, por diversos motivos, no la descubren, no se encuentran con ella. 

Este blog nace con la intención de contar cómo los que ahora son sacerdotes o están en camino de serlo, los seminaristas, han descubierto esa vocación. Ellos mismos irán relatando cómo han sabido oir, a través de los acontecimientos de cada día, esa llamada a dejarlo todo para ser "pescadores de hombres". Son historias sencillas, como las historias de los primeros discípulos, Pedro, Andrés, Juan, Santiago, Mateo... que descubrieron en Cristo, que pasaba por sus vidas, el comienzo de una hermosa aventura. Tal vez algunos de los jóvenes que las lean puedan descubrir en ellas el eco de una voz que les despierte, o les inquiete, o les llene de paz. 

Empezaré a contaros como descubrí mi vocación sacerdotal.  

Soy Vicente Martínez. Sacerdote. 56 años.

He crecido en una familia cristiana practicante. Desde que tengo uso de razón he cuidado siempre la misa dominical, y las oraciones de la mañana y de la noche. Además de Dios y de la familia, mis centros de interés han sido siempre los amigos y los estudios. La adolescencia estuvo repleta de acontecimientos que me mantuvieron siempre en un inquietud constante de preocupación por los demás: formaba parte de un grupo de amigos inconformistas, con deseos de cambiar algo en nuestro querido pueblo; de vez en cuando publicábamos un periódico donde intentábamos “despertar conciencias”; cantábamos en el coro de la parroquia (al menos formaba parte de él); era monitor del Junior y miembro de la Adoración Nocturna Juvenil; fuimos miembros de  la Asociación de Vecinos del pueblo, que despertó en nosotros cierta inquietud política, pero sin vincularnos a nada ni a nadie; los fines de semana nos gustaba divertirnos, pero no permitíamos que nadie nos marcara el modo de hacerlo.

Familia. Parroquia. Amigos. Inquietudes sociales. Estudio. Cine. Playa. Coloquios. Proyectos de futuro… Y mucha alegría. Esas fueron las constantes de mi adolescencia y juventud.

Una mañana, tendría 16 años, mientras viajaba en autobús al Instituto de Bachillerato, me plantee los estudios del próximo curso, el famoso COU. ¿Qué optativas elegir?. Y en ese momento, de repente, sin proponérmelo, apareció la idea de ser sacerdote. Pero inmediatamente la rechacé. La figura del sacerdote siempre había ejercido sobre mí un fuerte atractivo, pero sabía que era un camino exigente, de renuncia, además de otras cualidades que yo no veía en mí. Tampoco estaba dispuesto a abandonar mi mundo, mi familia, mis amigos, mis diversiones… Y con la velocidad que vino, aquel pensamiento se fue. Me propuse estudiar Medicina. Lo tenía claro. Y escogí las asignaturas necesarias para cursar esos estudios universitarios.

A mediados de COU, por el mes de marzo o abril, no recuerdo bien, el párroco de mi pueblo me pidió que le acompañara al Seminario de Orihuela a preparar una excursión para los niños de la parroquia. No me gustaba perder clases, pero nunca había estado en Orihuela. Había oído hablar mucho de sus monumentos, incluso varios de mis amigos estudiaban en el colegio Santo Domingo, pero yo no había tenido la oportunidad de visitarla. Era ya el momento de hacerlo.

Recordaré siempre aquel día. La ciudad entró por mis ojos y me entusiasmó. La Catedral, el colegio Santo Domingo, la iglesia de Santiago, Santas Justa y Rufina…y en lo alto, el gran edificio del Seminario. El coche subió la cuesta y, cuando llegamos, la panorámica era espléndida. Entramos al Seminario, y los seminaristas estaban en clase. Un sacerdote muy amable nos recibió y estuvo hablando con mi párroco, mientras yo observaba cada detalle del edificio con detenimiento y  silencio. Al poco tiempo sonó un timbre y entonces ocurrió… Muchos adolescentes y jóvenes salieron de las aulas, con sus libros y carpetas, con sus voces y risas… Y en ese momento, justo en ese momento, el pensamiento que surgió en el autobús el pasado año volvió a tocar a mi puerta. Veía en aquellos estudiantes –seminaristas- jóvenes como yo que habían sido más generosos. Jóvenes que estaban respondiendo afirmativamente a una vocación de entrega… Y aquello me despertó. Y desde aquel momento ya no tuve paz hasta que me decidí por el sacerdocio.


Después vinieron, encadenados, otros problemas y dificultades, pero el Señor me fue allanando el camino…, y siete años después, el 15 de julio de 1984 fui ordenado sacerdote.