sábado, 19 de noviembre de 2016

LA VOCACIÓN EN EL AUTOBÚS



He querido iniciar este blog porque soy consciente de que el Señor sigue llamando, o mejor, ha dejado la semilla de la vocación sacerdotal en el interior de muchos jóvenes pero, por diversos motivos, no la descubren, no se encuentran con ella. 

Este blog nace con la intención de contar cómo los que ahora son sacerdotes o están en camino de serlo, los seminaristas, han descubierto esa vocación. Ellos mismos irán relatando cómo han sabido oir, a través de los acontecimientos de cada día, esa llamada a dejarlo todo para ser "pescadores de hombres". Son historias sencillas, como las historias de los primeros discípulos, Pedro, Andrés, Juan, Santiago, Mateo... que descubrieron en Cristo, que pasaba por sus vidas, el comienzo de una hermosa aventura. Tal vez algunos de los jóvenes que las lean puedan descubrir en ellas el eco de una voz que les despierte, o les inquiete, o les llene de paz. 

Empezaré a contaros como descubrí mi vocación sacerdotal.  

Soy Vicente Martínez. Sacerdote. 56 años.

He crecido en una familia cristiana practicante. Desde que tengo uso de razón he cuidado siempre la misa dominical, y las oraciones de la mañana y de la noche. Además de Dios y de la familia, mis centros de interés han sido siempre los amigos y los estudios. La adolescencia estuvo repleta de acontecimientos que me mantuvieron siempre en un inquietud constante de preocupación por los demás: formaba parte de un grupo de amigos inconformistas, con deseos de cambiar algo en nuestro querido pueblo; de vez en cuando publicábamos un periódico donde intentábamos “despertar conciencias”; cantábamos en el coro de la parroquia (al menos formaba parte de él); era monitor del Junior y miembro de la Adoración Nocturna Juvenil; fuimos miembros de  la Asociación de Vecinos del pueblo, que despertó en nosotros cierta inquietud política, pero sin vincularnos a nada ni a nadie; los fines de semana nos gustaba divertirnos, pero no permitíamos que nadie nos marcara el modo de hacerlo.

Familia. Parroquia. Amigos. Inquietudes sociales. Estudio. Cine. Playa. Coloquios. Proyectos de futuro… Y mucha alegría. Esas fueron las constantes de mi adolescencia y juventud.

Una mañana, tendría 16 años, mientras viajaba en autobús al Instituto de Bachillerato, me plantee los estudios del próximo curso, el famoso COU. ¿Qué optativas elegir?. Y en ese momento, de repente, sin proponérmelo, apareció la idea de ser sacerdote. Pero inmediatamente la rechacé. La figura del sacerdote siempre había ejercido sobre mí un fuerte atractivo, pero sabía que era un camino exigente, de renuncia, además de otras cualidades que yo no veía en mí. Tampoco estaba dispuesto a abandonar mi mundo, mi familia, mis amigos, mis diversiones… Y con la velocidad que vino, aquel pensamiento se fue. Me propuse estudiar Medicina. Lo tenía claro. Y escogí las asignaturas necesarias para cursar esos estudios universitarios.

A mediados de COU, por el mes de marzo o abril, no recuerdo bien, el párroco de mi pueblo me pidió que le acompañara al Seminario de Orihuela a preparar una excursión para los niños de la parroquia. No me gustaba perder clases, pero nunca había estado en Orihuela. Había oído hablar mucho de sus monumentos, incluso varios de mis amigos estudiaban en el colegio Santo Domingo, pero yo no había tenido la oportunidad de visitarla. Era ya el momento de hacerlo.

Recordaré siempre aquel día. La ciudad entró por mis ojos y me entusiasmó. La Catedral, el colegio Santo Domingo, la iglesia de Santiago, Santas Justa y Rufina…y en lo alto, el gran edificio del Seminario. El coche subió la cuesta y, cuando llegamos, la panorámica era espléndida. Entramos al Seminario, y los seminaristas estaban en clase. Un sacerdote muy amable nos recibió y estuvo hablando con mi párroco, mientras yo observaba cada detalle del edificio con detenimiento y  silencio. Al poco tiempo sonó un timbre y entonces ocurrió… Muchos adolescentes y jóvenes salieron de las aulas, con sus libros y carpetas, con sus voces y risas… Y en ese momento, justo en ese momento, el pensamiento que surgió en el autobús el pasado año volvió a tocar a mi puerta. Veía en aquellos estudiantes –seminaristas- jóvenes como yo que habían sido más generosos. Jóvenes que estaban respondiendo afirmativamente a una vocación de entrega… Y aquello me despertó. Y desde aquel momento ya no tuve paz hasta que me decidí por el sacerdocio.


Después vinieron, encadenados, otros problemas y dificultades, pero el Señor me fue allanando el camino…, y siete años después, el 15 de julio de 1984 fui ordenado sacerdote.