Hay historias en las que uno no
sabría muy bien concretar el principio, pero sí los primeros barruntos que
comenzó a sentir cuando algo importante empezaba a darle más consistencia a su
existencia.
Solo tenía catorce años cuando
entré por primera vez en la capilla del hospital de Elda. Mi abuelo estaba
enfermo y habíamos ido a visitarlo toda la familia. Antes de pasar a tomar algo
en la cantina, me detuve ante la puerta para leer los carteles que invitaban a
entrar y orar. Por aquel entonces aún no sabía qué cosa era oración, aunque me
brotaba de forma espontánea y natural el hablar con el Señor tratándole como a
un Padre que me ayudaba en momentos difíciles y que no sabía cómo afrontar.
Le pedí permiso a mis padres para
entrar y así pedir por mi abuelo. Ellos me esperaron pidiendo algo de cenar,
pues ya era tarde. Entré, me conmocionó el silencio y la quietud que allí se
respiraba. Traté al Señor de forma sencilla, como puede hacer un adolescente
que aún no sabe expresarse con grandes palabras. Aunque para hablar con el
Señor no hacen falta. Pero allí estaba, delante de Él. Había una estampa encima
de una de las mesitas que había en la entrada que invitaba a pedir por el
proceso de canonización de algún Siervo de Dios. Y, al final, como suele
escribirse, se invitaba a pedir la gracia que se desea alanzar. No sé porqué,
pero pedí el poder servir al Señor toda mi vida. Y así, a mi entender, comenzó
para mi la aventura más apasionante que un ser humano puede experimentar.
No fue nada extraño, tan solo fue
un gesto de acercamiento a un Misterio que está más allá de nosotros mismos.
Pues, aún deberían de venir más momentos que consolidarían la certeza de estar
llamado a una misión que sólo Él sabía. Para nada tenía claro que fuese en el
sacerdocio donde le debía de servir. Es, sencillamente, un fuego que comienza a
encenderse dentro de ti sin saber cómo.
Poco tiempo después, al acabar un
campeonato provincial de Judo en el que había quedado entre los tres mejores,
el médico que me atendía desde pequeño, detectó en mi columna una escoliosis
grave que debía de ser operada lo antes posible. Así que dejé este deporte y
comencé un tratamiento que me llevó algunos años.
Tuve que llevar corsé durante
unos dos años. Pero mi vida siempre estaba marcada por la felicidad de aquellos
años. Me operaron en la Fe de Valencia y estuve varios meses de convalecencia.
Allí fue, leyendo al Hermano Rafael, donde vi con claridad que el Señor me
llamaba a consagrarme a Él. Se lo expuse a mis padres que, al verme tan
enfermo, les parecía una locura. Y era cierto, pues, por aquel entonces, quería
ser misionero. Ellos y yo sabíamos que, por ese momento, mi salud no me lo
permitiría.
Como siempre he sido muy
inquieto, me acerqué a la parroquia. Ya estaba metido en los grupos de jóvenes que
había y que tanta vida daban a nuestra comunidad. Si no recuerdo mal, siete
jóvenes fuimos llamados a consagrarnos a Dios. Y, como todas las tardes,
sentado en el confesionario, estaba Don Pedro Ildefonso. Le conté aquello que
sentía dentro de mi. Me trató con la gran sonrisa que siempre le ha
caracterizado. Y todavía recuerdo un día en el que cogiendo su sotana me dijo:
“Para llevar esto, tendrás que luchar con todas tus fuerzas”.
Pero Don Pedro se marchó y su
recuerdo siempre quedó con nosotros. Aún así, la llamada de Dios nunca se
pierde, sigue resonando en la historia personal de cada uno de nosotros.
Llegó Don Vicente Alonso, otro
gran sacerdote que marcaría mi vida. Él me llevó al seminario para conocerlo y
participar de las a ctividades vocacionales que allí se organizaban. En ese
tiempo se hacían una serie de exámenes para ver nuestra formación. Solicité
entrar con una carta que se escribía al rector.
Una tarde, nuestro vicario me
dijo que había sido admitido. Se lo comuniqué a mis padres que seguían sin
verlo, pero no pusieron oposición pues siempre han querido lo mejor para mi.
Así que, el 28 de septiembre de 1995 entré en el seminario. Un total de ocho
años marcaron aquella formación inicial.
Sería imposible contar tantas
aventuras y ver por dónde me ha llevado la mano del Señor a los largo de mi
vida: Orihuela, Alicante, Crevillente, Roma, Londres y Sant Joan d´Alacant. Se
abrió para mi una experiencia maravillosa de un Iglesia universal que peregrina
en todo el mundo. He conocido personas maravillosas que me han transmitido el
gozo de creer en Dios. Entre ellas, recuerdo a Rebeca Rocamora, joven de
nuestra diócesis en proceso de beatificación; montones de jóvenes que eligieron
a Cristo; enfermos que he podido acompañar hasta el final del camino; niños que
he bautizado dándoles el gozo de ser hijos de Dios; pobres atendidos que
encontraban consuelo en nuestra parroquia; matrimonios que han luchado por
amarse para siempre; los compañeros de todo el mundo que conocí en Roma y que
ahora están llevando el Evangelio en tierras lejanas para nosotros; mi profesor
más querido de la Gregoriana que murió asesinado por odio a la fe; la comunidad
católica de Hatfiel (Inglaterra) donde vivían una fe muy auténtica; los
feligreses de Crevillent y Sant Joan que tanto testimonio me han dado.
Desglosar cada historia supondría un libro entero.
En el fondo, toda historia
vocacional es una maravillosa historia de amor. Y, para experimentarla, solo
hace falta decir “sí” cada día. ¿Te atreves?
Roque Carlos Jiménez
Jiménez

Tu paso por Crevillent fue extraordinariamente pastoral...dejaste huella entre los niños...jóvenes y adultos..
ResponderEliminarHomilías dignas de alabanza...con mucha reflexión del día a día..
Don de gentes...con capacidad para lidiar los casos más difíciles..
Excelente sacerdote y extraordinaria persona.
Un fuerte abrazo Domi
Verdaderamente, queda reflejada tu excepcional vocación .Los que te hemos conocido te hemos apreciado como un gran amigo y mejor sacerdote.
ResponderEliminarEl Señor te llamó en su día y hoy al cabo de muchos años tu historia está llena de amigos que hemos compartido contigo la fe y el amor del Señor.
Nada mas que decir solo que te queremos y pedimos al señor que siga iluminando tu camino como hasta ahora.
Un fuerte abrazo de Malle
Un gran sacerdote, guía espiritual, persona y amigo... El Señor te encomendó la tarea de guiar a sus ovejas y tú, con gran maestría, lo consigues día a día con tu trabajo de sacerdote lleno de humildad, dedicación, alegría y amor. Gracias por todos tus consejos, por todas esas reflexiones, por dedicarte tanto a los demás. Desde Crevillent, seguimos pidiendo fuerte al Señor porque tu vocación siga siendo fructífera allá donde vayas. Un gran abrazo, Juan Antonio.
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